La indecisión

Ignacio entró al bar y se sentó en el lugar de siempre. El bullicio se silenció, repentinamente, cuando la vio. Supo de inmediato que se trataba de ella. El pelo oscuro le caía ligeramente más allá de los hombros. No era como la había soñado, pero últimamente no creía ni siquiera en los sueños. Su boca era una fresa madura. Tampoco tan bella como la había imaginado, pero exhalaba una delicada sensualidad. Quiso acercársele, conocer su voz, pero la indecisión y cierta clase de abismo se anteponían ante el deseo. Reconocía la electricidad que había en su cuerpo, un abrupto encantamiento que, casi, no podía manejar. Ella parecía ausente, con su mirada fija a través de la ventana. El, se preguntaba si ese imán poderoso, que lo arrebataba como fuerza invisible, no era más que una mera ilusión. Perturbado, acomodó su asiento en la barra, y por un momento le dio la espalda dedicándose a beber su fernet con cola. Acariciaba el vaso, como si fuera una bola de cristal, un oráculo que le diría cuáles serían las mejores palabras para comenzar una conversación. Luego de un par de minutos, se volvió hacia ella, decidido a acercarse, cuando se dio cuenta que la mesa estaba vacía.Salió corriendo hacia la calle para alcanzarla pero no había ni rastro. Desesperado corrió hacia la esquina, inútil, la tarde se fue con ella.

Después de ese día, más de una vez regresó al bar, pero nunca volvió a verla.

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Pequeño tributo

Se dijo de él,

que su voz era grave y serena,

y ante su presencia,

nadie podría resistir al brillo de sus ojos.

No lo creyeron.

Más al sentir los primeros acordes

sobre las teclas de piano,

inevitablemente enmudecieron.

La tarde se hizo eterna,

el sol brillaba dentro de la sala,

derramando su luz

en un rincón de cada alma.

El encantamiento

los arrojó a la orilla de los sueños.

Se dijo, entonces,

que su música tenía el mágico poder

de las tríadas cósmicas,

arcones del tiempo,

donde los Dioses

escriben sus poemas,

y encienden la creación.

Ariadna

“La creatividad es una cualidad inherente a lo humano del más alto orden. Cuando creamos, nos convertimos en más  que la suma de nuestras partes”  Yanni

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Ecuación mínima

Ni subido a una escalera conseguiría besarte, pensé. Tus manos se acercaron a las mías y, aunque me buscaste la mirada mientras señalabas algo en el cuaderno, sólo atiné a esconderme detrás de un gesto serio, como concentrado. De ser el mundo una fábula de fantasía, o el más abominable de los cuentos de terror, ni lo hubiera percibido. El entorno era una postal que se reducía a una ecuación mínima. Ese no se qué de tu voz y el dulzor de aquel perfume. Tal vez, imaginé, cuando sea más grande, y ya no seas mi maestra vendré a buscarte, y tú seguramente sonreirás.

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Microcuentos- La novia

La novia

El universo paralizó su máquina del tiempo cuando, en la playa, posé mis labios en los tuyos. Temblé como un niño, y seguramente,  un rubor tibio habría subido por mis pómulos. El nácar de tus mejillas, en cambio, olía a rosas, y casi nada podía acercarse más a la felicidad, que ese instante. ¿Querés ser mi novia? Pregunté tímido, mientras apoyaba tus manos en mi pecho. Me miraste y esbozaste una sonrisa tenue, y en la profundidad verde de tus ojos se iba anclando mi alma. Con mi saco te cubrí de la llovizna, y abrazados nos alejamos por el pedregal.

Solía escribir tu nombre en la arena, cuando por las tardes contemplando el crepúsculo y las olas romper, me imaginaba todo esto.

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THE CALL

Silent_SkyI’ve heard the Call

It came from the Earth.

Rays of Gods

Made me spread like rain

I reached Illusion’s realms

In a pale night of moon

I’ve heard the souls

claiming for Love

when I became one of them.

Eons with thirsty we lived,

Travelling deserts,

Nor reminiscence from Home.

Dying

And being born.

I’d heard the claim

And in the rainbow

Your voice

That soft breath lighting my heart

Making me not to give up.

Open the wings my Love!

Just the Stars coming for us

Open your wings my soul!

Now is time

To come back!

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El hombre sin nombre

El hombre sin nombre

Salió de su casa apurado. A punto de tomar el colectivo que lo llevaba a la oficina notó que algo le faltaba. Se quedó pensando y  metió la mano en el bolsillo del saco. Entonces cayó en la cuenta que no llevaba su nombre. Común y sencillo pero era suyo, le pertenecía. Sin él sentía que era nadie. Recordó que la última en nombrarlo había sido su mujer al salir de su casa. Revisó todos los bolsillos y ni siquiera un rastro. Volvió sobre sus pasos a ver si lo había extraviado. Tal vez cruzarse con algún conocido sería la solución, pensó. – Che, fulano, ¿cómo andas? Ese día no había ningún conocido a la vista. Solo le quedaba un recurso. Caminó despacito hasta su casa. Cuando iba a colocar la llave en la cerradura vio algo sobre el felpudo de Bienvenida. En letras gordas, un tanto torcidas, estaba su nombre. Se agachó para levantarlo. Acarició a Pedro, lo planchó suavemente con la mano y lo dobló. Con cuidado se lo guardó en el bolsillo y se alejó raudo hacia su destino, esta vez seguro de saber quién era.

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Exilio

Exilio

A mi hermana Ana

«No son  todos los que están ni están todos los que son»

Ya no llovía. Renato Barrios soltó el paraguas, todavía húmedo. El piso averdinado del muelle, resbaladizo, amortiguó el impacto. Lo miró como quien mira a un ser querido, tal vez diciendo – Entendéme – . La rueda seguía girando en su cabeza, rueda del tren, del tiempo, de fuego y un amanecer, apenas, en el horizonte. Las olas arrastrando un halo salobre y más allá, la espuma acariciando las rocas. Con el dejo de un imperceptible balanceo, parado a escasos centímetros del borde, buscaba los peces que, en otro tiempo, su madre le había prometido. Sin promesas nuevas sus pupilas se irían apagando.  Palabras cósmicas, siderales, bailaban en sus oídos.  En el columpio de sus pupilas ancladas en aquel destello dorado, un anhelo. El eco de las voces se extinguía en el infinito.  Y por eso estaba allí, a punto de liberarse de la gran red que lo había dejado atrapado, inmóvil, alguna vez.

Hubo un tiempo, todavía fresco en su memoria, que al despertar en aquella casa colmada de silencios, la sombra de soledad con la que todo ser nace a este mundo amenazaba desde algún rincón. De inmediato el  arrullo, casi divino, hechizaba el ambiente. La voz de su madre era capaz de eclipsar cualquier padecimiento. En su cabecita, la mano a través de los barrotes de la  cuna, acariciaba el único mechón de caramelo que le caía en la frente, dejando aroma a  lavanda en las pelusitas de su mollera. Pronto sus párpados sucumbían al sortilegio, como un juego inevitable.  Acunado por aquella  melodía  se hundía en el mar de sueños, donde volaba seguro, etéreo.

Los años de la infancia rodaron, atropellándose en el tiempo como una corta película muda. Con sabor a poco, destello efímero de un astro fugaz. El cuerpo se le estiraba, velozmente, sin la oportunidad siquiera, de ir acostumbrándose. Acostumbrarse o adaptarse. Al mundo, a la sociedad, ser uno más, entre millones, ordenado, equilibrado, abandonando al niño que añora antojadizas quimeras. Crecer. Crecer  en todos los sentidos, a lo largo y ancho, por dentro, por fuera, hasta dar con la ecuación; adultez, inversamente proporcional a la medida de las utopías. Hasta aquella mañana confusa  en que el tiempo se detuvo y ya no creció más. Fue él mismo quien recibió la llamada.  Temprano había escuchado la puerta de calle. Horas más tarde, cuando atendió el teléfono, ininteligible, la voz  distante  se entrecortó en el mensaje. Desde entonces ella ya no volvió. La esperó en vano. Sólo dejó el paraguas, empapado, apoyado en la pared como una señal.  Amarillo, de cuyos lunares blancos nacían gotas, minúsculos manantiales sobre el parquet, inundando el living, el cuarto, ahogando la tarde en ese llorar que deja el alma a jirones.

Rugió en el desamparo de la casa vacía, electrificando el aire.  El cielo encapotado respondió, y un vendaval furibundo hizo temblar los cimientos de todo el edificio, de toda la tierra. Gritos naufragando a la deriva ahuyentaron los espectros de la noche. Un beso de adiós se extinguió en la eternidad, estrellándose contra la delgada malla que divide un mundo del otro.

Se fue, a algún lugar, más lindo, seguro… Mamá sabe lo que hace…-

El también se fue, casi. En ese entonces, Rita, su hermana mayor no tuvo más remedio que llevarlo a la casa de Pacheco.

-Ya no podés quedarte solo, chiquito- dijo ese día. -Acá te van a cuidar- haciéndole un mimo  en la frente y salió por la puerta de la sala del Trébol, sacudiéndose las culpas que le brotaban por los poros y le quedaban adheridas como sanguijuelas.

Rita, con su porte lánguido y opaco había tomado la decisión. El no le guardaba rencor.   Renato siguió mirando hacia adelante, ausente, atravesando la figura vidriada de Rita. Cuando se fue, respiró hondo y recién ahí comenzó a contar las manchas de la pared. Pronto comprendió que en aquel lugar se llevaba a cabo una guerra silenciosa. El Gato, un apodo antojadizo que pronto recibió, reconoció de inmediato los dos bandos. Los que ostentaban el poder se distinguían por el guardapolvo, a veces verde, a veces blanco. Esos eran los que empleaban las tácticas más sucias. Pastillas, para ir envenenándolos. Veneno que  no mata de golpe, sino de a poquito. Pero él no era estúpido y se las ingeniaba para no tragárselas, aunque a veces el truco le fallaba.

-Loco, pero no tonto- le aclaró a Rita, en una de las visitas, la Dra. Márquez, mirándola por encima de los lentes, a quien todos conocían por la Capitana y ese día hasta parecía coherente. Ella era una de las que estaba al mando y dirigía las tareas con las que pretendían distraerlos, actividades «terapéuticas», pero él no caía en esas trampas. Nunca olvidaba que estaba ahí por error.

– Ni loco, ni tonto – rumiaba en sus pensamientos el Gato, con los ojos nítidos colgados en la reja del ventanal.

– El caso es un tanto desconcertante. Por momentos podríamos decir que los síntomas son de una  esquizofrenia paranoide, aunque manifiesta señales de autismo y eso es lo llamativo… – diagnóstico la Capitana.

-Tras los chequeos de rutina, no hubo posibilidad de contacto  – señaló impasible con un leve sentido de resignación, aplicable en estos casos.

– Autismo, sí, me gustan los autos – pensó el Gato  y sonrió de soslayo frente a las caras perplejas, que se miraron apreciando el gesto como un atisbo de conexión con el mundo.

– Los de arco iris, los que vuelan  y vienen de la luna o más lejos… ¿Mamá se habrá ido en alguno de esos? –  al tiempo, una nube gris cubría la tarde. El portón de acero blindado se cerró tras de sí, marcando el fin de la hora de visita, deportándolo al otro mundo. Una puerta, débil frontera entre un abismo y otro, una soledad y la otra, velo ínfimo como espejo de obsidiana donde el reflejo de una mueca de espanto es simplemente nada.

En el comedor se desarrollaba la mayor parte de la acción, fellinesca, casi gótica. Un gran mosaico donde los gestos rotos se recortaban en el paisaje, panel de figuras grotescas al borde del absurdo. Cada uno, un universo, cada universo, un color, cada color una historia.

Tota iba de un lado a otro con el mate en la mano, invitando al que se le cruzara su comida preferida,  yerba mojada. Eso sí, aunque le gustara tanto, nunca dejaba de convidar. Pipo, después, lavaba el vasito, guardándose la bombilla y los enseres en esos bolsillos capaces de guardar  la creación. Un pucho, un pucho, ¿me convidás? Dra., oiga Dra.¿no se quiere quedar a vivir acá? Shh, cuidado, ahí vienen los marcianos… Tomá, comé, comé  que está rica, es yerba, ¿cómo no querés? Diálogos y soliloquios interceptándose a cada paso. Husmearse en una mesa, reconocerse bajo la lumbre de un pasillo, en los baños, intercambiando chirridos, vocales, chapoteos, disonancias. Abrazados, masticándose, inermes.  Más tarde, otra vez, eternos desconocidos. Si se cruzaban, como si nunca se hubieran visto.

El Gato sabía soñar con los ojos abiertos. Allí, durante el exilio, se le hizo carne. Despegaba del todo cuando el ambiente iba caldeándose, hasta que la estampida era una plaga por el comedor. El motín, sofocado de inmediato, dejaba algún que otro alarido disperso como bastión de resistencia, pero todo indicaba que rebelarse era estéril. Cada tanto, uno pagaba los platos rotos e indefenso iba a parar a las Cuevas, de donde seguro, no se regresaba igual.

Ana miraba de lejos, Renato sabía que lo entendía. Ella también tenía contactos con las voces. Podía adivinarlo en ese mirar hondo y desértico. Los de blanco, en cambio, no veían más allá de sus narices. O tal vez tenían en cuenta lo que les convenía. Cualquiera es capaz de contemplar las múltiples  dimensiones de realidad, pero un sólo comentario basta para ser considerado sospechoso, poco confiable, subversivo, loco…

Una madrugada cuando todos aún dormían, en el intervalo minúsculo que rodea a la vigilia, los oyó. Siempre los oía, en cuchicheo. Nunca se dirigían a él. Esa mañana los escuchó, clarito. No los veía, pero hasta podía sentir los pasos entrando y saliendo de la habitación. Tenía que irse, pronto. Lo estarían esperando. Ellos, los dueños de las voces,  lo nombraban.  Aprovechó la hora del desayuno y con la complicidad de Tota,  Ana y otros más, se armó un revuelo momentáneo para distraer al personal. Renato, con un desliz furtivo cruzó el patio y buscó la salida  de atrás. En la puerta, justo el milagro, la camioneta de la Lavandería.  Como si alguien le hablara al oído, subió y se agachó tras unos canastos. Cuando volvió a ver la luz, ya estaba en el centro comercial. Saltó de golpe empujando algo y disparó hacia la ruta. El pibe del Laverap no alcanzó a barajar el  canasto que se le vino encima, dejándolo tendido en el piso junto a un montón de prendas apiñadas sobre la vereda. Apenas divisó la  figura ágil que doblaba la esquina. Ya en la Panamericana, el Gato recuperó el aire. Un acoplado que iba hacia el puerto lo dejó lo suficientemente cerca de Retiro. Nadie levantó la perdiz y recién notaron la ausencia en el almuerzo, momentos en que él ya estaba subiendo al tren.

Una vez en la estación de trenes, luego de observar los movimientos de la vigilancia,   utilizó otra de sus habilidades para escabullirse entre los pasajeros. Todo salió perfecto, tal si lo hubiera premeditado. Se acomodó en el vagón de bicicletas con su único equipaje, el paraguas, ya torcido de su madre. Los paisajes atropellándose tras el vidrio de las ventanillas producían un efecto hipnótico. Exhausto se durmió agazapado tras unos cajas, sin despegarse del utensilio oxidado, cuya tela destilaba acritud.  La brisa matutina invadió el vagón, horas más tarde. Silbatos, bocinas lo alertaron. Apenas el coche aterrizó en el andén, pegó un brinco y salió por la ventanilla, perdiéndose en la confusión de la multitud. La muchedumbre, con la carga de mochilas, bolsos y valijas, de todo tipo y tamaño, atravesó vallas, puertas, túneles y pasadizos hasta brotar en la calle, desparramándose en todas direcciones. Él, obnubilado, buscaba el mar.

Atardecía, un intenso dolor en la boca del estómago era mal indicio. Cayó en la cuenta que llevaba horas sin un bocado. Sin perder ese hábito escurridizo que le valió el apodo en la casa de Pacheco, se acercó al triciclo de un repartidor que lo había dejado estacionado frente a una casa. La gaveta había quedado semiabierta. Hubo un paquete de empanadas que nunca llegó. Mientras el muchacho del delivery hacía la transacción, él ya estaba corriendo, perdiéndose impulsivamente entre el gentío. En el banco de una plaza, el manjar  fue devorado al instante. Hasta sirvió para saciar el apetito de unos cuantos perros hambrientos. Ya llegaba la noche y aún no había pisado la playa. Atravesó el parque, escoltado por la jauría callejera. Guiado por un arrebato invisible caminó hacia el mar. Apenas pisó la arena  dejó a un lado sus alpargatas, cuyos agujeros quedaron eclipsados por la marea.  La sensación húmeda en la planta de los pies era casi un rito, un presagio dionisiaco. Recorrió un largo trecho por el borde, mojándose los pies en la efervescencia precipitada del oleaje, con el viento en la cara y la sonoridad oceánica empujándolo hacia algún lugar. La punta del paraguas iba dejando una huella sobre la arena. En algún momento, una palabra, no cualquier palabra, quedó grabada en el velo de la orilla. «Mamá» Un fulgor pacífico, descendió de la luna, que hasta ese momento había permanecido como una redondez más del paisaje. Las olas, en rutina eterna induciendo al letargo. De repente estaba en el aire, elevándose sobre las aguas, lejos, cada vez más alto, dominando el panorama sobre cada ángulo de esa inmensa bola azul, suspendida en el espacio.  Leve, como una pluma, flotaba en el vacío, con el sol pegándole en las mejillas. Continuó en elevación hasta que la luz lo acaparó todo.  Enceguecido, como una mota diminuta se dirigía al centro de luminosidad, hasta que un chapuzón le salpicó la cara y se despertó.

En medio de la llovizna oyó el cuchicheo. Estaban cerca.  A lo lejos, ruidos de motores en medio del rumor de la ciudad desperezándose.  Divisó el muelle. Llevado por un hilo incorpóreo se acercó, subió las escaleras y avanzó arrastrando el paraguas tipo carrito. La  construcción gemía bajo sus pies,  hundiéndose en cada paso.  Se detuvo, justo en el borde. Con un balanceo leve del torso, se dedicó a esperar. La lontananza atrapó el destello de sus pupilas.

En esos instantes, la sirena de dos patrulleros que habían llegado al muelle era ahogada por un zumbido imperceptible. De pronto, oyó la invitación. No había tiempo que perder. Un par de uniformados se acercaban a las escaleras del muelle. Giró la cabeza. La imagen descolorida del paraguas se fundió para siempre en su retina. Un suspiro agudo coloreó el aire. Las comisuras de sus labios recrearon una sonrisa. Estiró los brazos y dio un paso hacia adelante. Ante el gesto congelado de los agentes y algunos curiosos que se había acercado al lugar, se lanzó al vacío y comenzó a elevarse, planeando alto, muy alto.

Hubo una doble visión en los ojos de aquellos hombres, que dio lugar a testimonios confusos. Una ráfaga metálica, volátil, abarcándolo todo, arrasó la costa en una fracción de segundos. Buscaron el cuerpo en el agua durante varios días, mientras el burbujeo salino continuaba borrando los últimos vestigios de los trazos sobre la arena.

En un planeta remoto fuera de la galaxia, un diminuto ente cristalino regresa…

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